La arquitectura de la ciudad de Alicante, 1923-43. (Tesis doctoral)
PREMIO
A. Martínez Medina

 

Las afueras de la “periferia”: entre lo histórico y lo moderno

A partir de los años veinte se difunde en el continente europeo un movimiento visionario, formado por la ficticia comunión de distintos grupos vanguardistas, que los críticos agruparon en un común denominador. El bautizo del mismo como “Estilo Internacional” constataba que esta corriente se propagaba por las distintas geografías sometidas a la cultura occidental, aunque dicho término no estuvo nunca exento de contradicciones. No fue casualidad que nuestro país no se hiciera eco de estas actitudes de modo inmediato, quizás porque el supuesto retraso que había caracterizado a la sociedad española durante siglos había afectado, también, a esta restringida parcela situada entre el arte y los intereses económicos. De hecho, las escasas muestras que en España pudieran etiquetarse como portaestandartes tuvieron lugar casi en la república.

El giro experimentado en las bases de la disciplina de la arquitectura dio lugar a distintas interpretaciones en los focos culturales más activos de España -Madrid y Barcelona: Generación del 25 y GATPAC-, aunque el vuelco hacia la pretendida modernidad no se efectuó de la noche a la mañana, sino que fue objeto de un discreto e intenso debate en los distintos foros de la arquitectura. Algo similar -matizando la escala y la distancia- aconteció en las ciudades, las cuales se reflejaban ansiosas en los aires cosmopolitas de las capitales. No se puede olvidar que este trabajo de investigación se sitúa en las afueras de “la periferia” de un debate teórico y técnico de la arquitectura de nuestro tiempo, por lo que difícilmente se descubren posturas radicales con relación al marco nacional, pero que sí lo supusieron en el reducido ambiente de una ciudad de provincias. Con todo, desde Alicante, se asiste de modo expectante ante una situación de transformación, a cuya cita no falta ninguno de los profesionales que protagonizan esta pequeña historia.

Sin perder estas coordenadas de referencia se nos invita a realizar un paseo por entre el paisaje que -primero se dibuja y después se construye- configuran las parcelas de “la arquitectura de la ciudad” en las dos décadas estudiadas. Este recorrido en detalle se realiza por el camino de la aproximación formal, matizada por una serie de factores de orden social, económico, técnico, cultural y urbano; el conjunto de estas influencias suele ser, a veces, tan decisivas en la arquitectura como las cuestiones compositivas, funcionales y constructivas. En nuestro caso, quizá nos encontremos ante un fenómeno fronterizo en el que las posibles influencias y conexiones vayan y vuelvan, resulten mixtas y nos impidan efectuar una única lectura. Pero es que la arquitectura es algo más que mera fachada, aunque ésta sea la que conforme la imagen de las ciudades.

Así pues, en el marco de una ciudad mediana, donde las muestras de arquitectura no son abundantes ni su adscripción a supuestos modelos teóricos resulta lineal, se aspira tanto a remitir los proyectos e inmuebles que se estudian -acotados por su situación urbana- a las referencias más inmediatas dentro del amplio abanico de manifestaciones que tuvieron lugar en el horizonte nacional y europeo, como que nos sirvan para explicar y entender la configuración de la ciudad moderna -hecho que tiene lugar en estas décadas-, en la que definitivamente se consolida una nueva sociedad. Porque la revolución de los sistemas de comunicación, tanto de transporte de mercancías y personas como de mensajes (con la aparición de coches y autobuses, teléfonos y emisoras de radio), la continua incorporación de máquinas a la producción industrial y a los actos más cotidianos, la implantación de los cinematógrafos como el pasatiempo preferido por las clases medias y bajas, el cada vez mayor tiempo libre del que disponían los ciudadanos, el acceso de los mismos a la enseñanza y a la práctica de deportes, la necesaria dotación de equipamientos en los barrios de la ciudad, la aparición de los sistemas de cobertura social respaldados por el estado, fueron algunos de los cambios que transformaron el entramado social; a todos ellos se respondió con arquitectura, la cual se encontraba modificando la naturaleza de sus cimientos a lo largo de estas décadas.

La ciudad, la sociedad y los poderes

La ciudad, con su diverso entramado socioeconómico y en toda su extensión urbanística, se nos muestra en detalle en tres momentos cruciales de la época considerada: durante las dictaduras amparadas por la monarquía (1923-1931), a lo largo de la existencia en paz de la república (1931-1936) y durante los desastres que supusieron tanto la guerra como la posguerra inmediata que le siguió (1936-1943). Así se comprueba que durante la dictadura la corporación municipal centró sus esfuerzos en dos direcciones: completar la cuadriculada trama del Ensanche y dotar a la ciudad de los necesarios equipamientos de centralidad local y provincial. Con ello se primaron las actuaciones situadas entre el perímetro histórico y los incipientes barrios periféricos, si bien sobre estos últimos se iniciaron la redacción de planeamientos parciales que siempre iban a remolque de la realidad y estaban condicionados por los propietarios del suelo. Sin embargo, durante la república, el cabildo democrático mantuvo un planteamiento idealista: se encargó la redacción de un gran plan de urbanismo que ordenara toda la ciudad y sus futuras extensiones más allá del extrarradio existente, e incluso se procedió a la convocatoria nacional del “Concurso para la Ciudad-Jardín de San Juan y Cabo de las Huertas” (o ciudad-satélite). Además, las inversiones municipales se dirigieron, principalmente, a intentar equipar de dotaciones a cada una de las barriadas que se iban consolidando, comprobándose la unidad de acción política y técnica bajo una idea conceptual progresista, según la cual se entendía la ciudad en su conjunto sin fisuras ni fragmentaciones.

A lo largo de la guerra -aunque Alicante nunca alcanzara a ser una ciudad del frente de batalla- apenas cabe hablar de urbanismo, más allá de la gran cantidad de refugios que se soterraron en el subsuelo para proteger a la población y de los bombardeos que borraron indiscriminadamente algunos inmuebles.

Sin embargo en el período de paz impuesto por las armas, las autoridades fijaron sus intereses en puntos claves de la trama del centro urbano. Se trataba de remodelar entornos o ejecutar de nueva planta complejos arquitectónicos para albergar las instituciones políticas: el ayuntamiento y el gobierno civil -dirigidos por militares-, en una clara operación de imagen y ostentación de poder.

Tomando el centro se tomaba la ciudad -debió pensarse-, pero en realidad, la ciudad, en su verdadero perímetro, se olvidó, lo que supondría un precio muy alto que ya se escapa a nuestra época.

Arquitecturas para la dictadura, la república, la guerra y la posguerra

En correspondencia con la división política realizada para mostrarnos la ciudad, se establecen tres paisajes arquitectónicos paralelos: la arquitectura de la dictadura, la arquitectura de la república, y la arquitectura de la guerra y la posguerra, de manera que se puedan superponer los debates propios de la disciplina sobre el fondo escénico de la metrópolis. Cada uno de estos periodos establece una distinción previa, un esquema de análisis que resulta básico para adentrarnos en materia: la arquitectura se estudia atendiendo a su naturaleza de uso privado o público, independientemente de que su promoción sea particular o institucional. Sólo de esta manera, se entiende, es posible efectuar un análisis en el que se evidencien los cambios formales y estéticos, las innovaciones tipológicas y funcionales, así como la paulatina incorporación de los distintos avances técnicos a los procesos constructivos. La investigación se desvela indistinta tanto ante los proyectos no construidos como ante las obras ejecutadas, ya que ambos ilustran el discurso de la arquitectura a todos sus niveles: desde la idea y la teoría hacia la práxis y el oficio profesional.

En la esfera privada de la arquitectura desfilan, para cada uno de los eslabones históricos, los inmuebles residenciales y las viviendas unifamiliares, los hoteles, las tiendas y los comercios, los garajes e incluso algunos ejemplos de fábricas. Se efectúa una llamada de atención al gran boom que supuso para el sector de la construcción, la promulgación, en 1935, de la ley de previsión contra el paro -Ley Salmón-. Pero también se rastrea, antes y después de que entrara en vigor esta legislación, las respuestas que dieron al acuciante problema del hábitat obrero las iniciativas privada y pública. Es en estos capítulos específicos en los que se procede a un análisis direccional de la obra de los arquitectos protagonistas o de un conjunto de ellos agrupados por las afinidades que presentan sus trabajos. Además, de esta manera se efectúa un desglose de las cuestiones estéticas -forma-, se desmenuzan las relaciones internas -función-, sin olvidar los temas que las materializan -técnica-; todo ello se realiza una vez centrados los parámetros de su condición urbana -parcela, edificabilidad y ordenanzas-, de la idiosincrasia del cliente y del destino de la promoción.

En la esfera pública de la arquitectura aparecen, también para cada uno de los estadios históricos, las respuestas que la disciplina da a los retos concretos que la sociedad va planteando. Se presta especial atención a los usos ligados al transporte, al ocio, a los dependientes del ejercicio de los distintos poderes y, por último, a la asistencia sanitaria, a la enseñanza y a los abastecimientos. Es decir, desfilan los proyectos y las edificaciones que albergan las máquinas que agilizan las comunicaciones terrestres o aéreas de viajeros e información (estación de autobuses, terminales de aeropuertos y central de teléfonos), los cinematógrafos que supusieron una revolución en el mundo del espectáculo, las instalaciones deportivas cada vez más de moda (estadios, pabellones y piscinas), los equipamientos públicos con carácter administrativo (diputación, gobierno militar, cárcel...), y las construcciones que iban a cubrir las necesidades de la sociedad en su conjunto, ya fueran éstas de tipo asistencial (dispensarios de urgencias, casas de socorro e instituto de higiene), docente (grupos escolares, instituto de bachillerato y centro de enseñanza superior) o que atendieran a los abastecimientos (lonja y mercadillos).

No fue casualidad que en cada momento histórico resultara relevante un determinado tipo de actuaciones y no otro de todo el listado enumerado; ello obedeció tanto a las carencias concretas de la ciudad como a las aspiraciones singulares de la sociedad. Y se comprueba cómo durante la dictadura tuvieron preferencia la ubicación sobre los paseos del ensanche, cómo con la república se optó por la localización periférica de los mismos y cómo al iniciarse la posguerra se ejecutaron una serie de iniciativas sobre el centro de la ciudad para monumentalizar el nuevo poder. Si tenemos en cuenta los cambios que se estaban dando en el mundo de la arquitectura -y por ende en sus sectores afines- no es extraño que ésta responda, inicialmente, repitiendo soluciones sabidas y consagradas por la historia reconocida para proseguir aportando soluciones tipológicamente nuevas, funcionalmente innovadoras, técnicamente avanzadas y formalmente muy distanciadas de sus homólogas predecesoras sobre la trama.

Paisajes de la arquitectura en la ciudad de Alicante

Los discursos son paralelos, por un lado la configuración de la ciudad y, por otro, la apariencia o aspecto externo que ésta adopta. De modo muy sucinto efectuaremos un viaje que nos conduzca a contemplar las distintas experiencias que tuvieron lugar en aquellos años. Y así, a partir de la dictadura se construyeron ejemplos donde predominaron las formas clásicas, contaminadas por las reminiscencias francesas o por la exaltación de los motivos del Siglo de Oro. También aparecieron muestras que se inspiraron en los invariantes regionalistas, pero aquí encontramos las actitudes de quienes se limitaron a usar este repertorio como un catálogo más y las de quienes investigaron profundizando en los modelos más anónimos de la tradición.

En lo popular descubrimos una excusa para tender un puente, un eslabón que trabe la evolución de las formas de la arquitectura; pero tampoco pretendemos aceptar sin reservas que en las raíces de lo “mediterráneo” -por anticipación de lo ibicenco- pueda estar la clave que resuelva la discontinuidad.

Luego, con la república, tuvieron lugar las primeras manifestaciones de una nueva poética, más o menos geometrizada, o cubista, o expresionista, o dinámica... siempre desornamentada, al fin moderna, la cual -tras los titubeos iniciales- se fue afianzando y perfeccionando, acabando por tomar la ciudad, cada vez, a un ritmo más veloz. Sus artífices llegaron casi a olvidar los modos y los lenguajes de diez años antes. Aquí cabe la diferenciación entre quienes asumieron con mayor convicción los nuevos postulados “ortodoxos”, quienes participaron con cierto conocimiento de una o varias corrientes “heterodoxos” y, también, quienes encontraron en estos mensajes una iconografía con la que renovar superficialmente los costosos vocabularios del pasado “eclécticos”.

La guerra civil supuso un paréntesis en la normal actividad de la arquitectura. El régimen totalitario que venció en la contienda traería consigo un intento de afirmar una serie de valores que alcanzaría por igual a las parcelas culturales y a las artísticas. Pero mientras se fraguaban esas hipotéticas directrices -y por el aislamiento en que se sumió el país por las circunstancias internacionales-, la producción arquitectónica vivió un periodo de particular ausencia de iconos de referencia en el panorama de actualidad que no fuera rememorar el pasado reciente. Así pues, volvieron a desfilar las formas modernas, los axiomas internacionales y las contaminaciones maquinistas mientras que, poco a poco, los lenguajes de la historia comenzaron a ganar terreno en una última batalla, paralelamente al asentamiento del nuevo régimen en el poder.

En este paseo la arquitectura nos muestra sus perfiles al tiempo que nosotros intentamos reconocerlos como ecos de determinadas posiciones teóricas o como simples reproducciones miméticas de ciertas formas y prácticas del momento. No faltan las reflexiones o las investigaciones de cada autor, después de todo, de su formación y de su preocupación por los temas en torno a los que deriva la arquitectura depende, en parte, la incorporación de esta ciudad a la aventura de la modernidad. Ésta es algo más que la mera adopción superficial de ciertos fetiches formales que presumiblemente la denuncian; la modernidad la entendemos como un proceso en el que la técnica se incorpora a la vida cotidiana y a los sistemas de construcción, en el que se modifican las estructuras de la sociedad y ésta reclama nuevas necesidades que requieren nuevas tipologías.

La arquitectura contesta adaptando sus métodos de ejecución, variando sus programas funcionales e introduciendo nuevos vocabularios formales que respondan al mercado del sector y a las exigencias sociales, en una autocrítica y revisión de los caminos sin salida por los que se deslizaba la disciplina. Pero todo ello se remite a las experiencias de un ambiente acotado de provincias, sobre la topografía de una ciudad tan concreta como Alicante, en un período tan corto, pero tan crucial y significativo, como son los veinte años propuestos.