Miguel Colomina Barberá
PREMIO EXTRAORDINARIO A LA TRAYECTORIA PROFESIONAL
B. Colomina
Retrato de familia.Nació,
casi al mismo tiempo que su hermano Manuel, el último de una familia de
siete hermanos. Dicen que su madre, la pobre, solo deseaba tener una niña
y que los gemelos eran un último desesperado intento por conseguirlo.
Quizás por eso mientras fueron pequeños los protegía tanto, vistiéndolos
y peinándolos tan primorosamente que en el colegio, según su hermano
Juan, llamaban a los gemelos “las nenas”. Hay una fotografía de ella
con los bebés en un jardín con árboles y ruinas. Siempre he mirado esa
foto con curiosidad, tratando de ver quien podría ser esa señora de la
que tanto había oído hablar y a la que no había llegado a conocer.
Tiene los ojos bajos y aunque está situada justo detrás de Manuel,
inclina la cabeza hacia Miguel, abrazando con la mirada a los dos. Los bebés
están sentados en un almohadón y ella los sujeta por la espalda con las
manos. Con el tiempo me di cuenta de que el jardín es solo un fondo de
esos que usaban antes los fotógrafos, y que el almohadón de los niños
debe estar encima de una mesa, u otro tipo de apoyo, porque a ella solo se
le ve de cuerpo para arriba, casi flotando, como un ángel de la guarda.
Un día antes de que muriera mi padre, su hermano Juan, que vivía en el
piso de abajo, saliendo de su visita habitual, se paró delante de esta
fotografía en el recibidor de casa y me dijo: “¿Sabes que esa foto no
estaba pensada para ser así? Mi madre estaba colocando a los bebés
cuando el fotógrafo, que ya estaba detrás del aparato, pensó que la señora
quedaba bien allí y, sin más, disparó la cámara”. Se acordaba
perfectamente de como su madre se había enfadado con el fotógrafo porque
ella quería la foto de los niños solos y además ni siquiera estaba
arreglada. Después de mirar tantos años a esa foto, de preguntarme por
qué no tiene ella a los bebés en brazos, por qué no mira a la cámara,
por qué ellos, en cambio, si miran... en el último momento me dieron la
clave. Todo el que pasaba por casa y veía esa foto en la entrada tenía
algo que decir. En parte era la curiosidad que siempre despiertan los
gemelos. Alguien dijo un día, “Mira, tan pequeñitos y ya se les ve
cara de listos”. Y es que los bebés miran al objetivo muy atentamente,
casi como si se hubieran interesado por el aparato. Fue
siempre un excéntrico, desde muy pequeño. Nos contaba, y nosotras le
escuchábamos asombradas, que de niño consiguió convencer a su madre de
que a él no le hacía ninguna falta ir al colegio y para probarlo hizo
dos años académicos en uno, quedándose en casa a estudiar y prepararse
para los exámenes él solito con los libros, y de todas maneras, todos
los días después de comer ya estaba dando vueltas alrededor de la silla
de su madre para que le dejara ir al cine, que es lo que más le gustaba
en el mundo. Acababa viéndose dos películas casi todas las tardes. (Por
aquella época sabía ya que iba a ser arquitecto). Nos
contaba todo esto a cuenta de lo que él llamaba “fuerza de voluntad”
que era algo muy importante que había que tener en la vida y cuyo
significado a nosotras obviamente se nos escapaba. Con fuerza de voluntad,
nos decía, se puede hacer todo en el mundo, incluso lo que parece
imposible. ¡Y tan imposible que nos parecía a nosotras! (Hasta tarde fue
la nuestra una familia de niñas. Y para cuando llegó el único varón,
los tiempos habían cambiado tanto que creo ya no se molestó en contarle
nada de todo esto.) Sabíamos que nunca llegaríamos a ser como él. Más
difícil todavía que la idea de levantarse a las siete y media de la mañana
y ponerse a estudiar sin que le dijera a uno nadie nada, nos parecía la
idea de renunciar a ir al colegio. ¡Con lo bien que nos lo pasábamos
nosotras en el Sagrado Corazón de Godella! Todo el día haciendo
gamberradas con las hijas de Luis Peris, el aparejador del estudio, que
tenían una imaginación diabólica e inagotable. Y ¿qué gracia podía
tener ir al cine sin las amigas? En el colegio, además, nos las pasaban
casi todas por que para eso era nuestro padre el arquitecto para todos los
arreglos y ampliaciones que necesitaran las monjas. A ellas, como a los
curas, no les cobraba nada porque hubiera sido como cobrarle a Dios. Hasta
tuvo que venir un día la madre superiora, cuando ya salían las monjas
por ahí, a decirle a mi madre que ellas, las monjas, eran ricas y que
convenciera a mi padre de que les cobrara, como a todo el mundo. Pues ni
así. ¡Fue
lo que le faltaba a ella por oír! Mi madre no necesitaba que la
convenciera nadie de nada de eso. Bastante duro era ser la familia del
arquitecto en esos años de postguerra, que se prolongaban en los sesenta
como si nada, para que las monjas y los curas, que eran de los pocos
clientes fijos con los que se podía contar, fuesen de gorra. Su
marido, en cambio, era fanático de la religión. Fue de la Adoración
Nocturna hasta que ella, un día, le dió el ultimátum. A ver si encima
de tener cinco hijos y vivir de cualquier manera en nombre de la
arquitectura tenían que despertarla a las cuatro de la mañana no el
llanto de algún bebé (eso era normal) sino las idas y venidas del marido
hacia la iglesia. Se acabó la Adoración Nocturna. Había que poner la
raya en algún sitio y allí fue. Esa
devoción tan acérrima la había heredado, por lo que se dice, de su
madre. Su padre había muerto cuando él era todavía un niño y él
adoraba a su madre. Era, según dicen, una señora muy guapa y muy
distinguida, pero sobre todo muy piadosa y muy caritativa. Carmen la
costurera, que venía a casa cuando yo era niña a remendar sábanas o a
bajarnos el dobladillo de los vestidos, y que había vivido muchos años
antes en casa de los abuelos en la calle Caballeros, contaba que tenía
siempre la casa llena de pobres que venían a pedir. “Igual que su
madre,” decía cada vez que aparecía en la entrada, que coincidía con
la del estudio, alguno de sus “clientes” habituales: la viuda que quería
ayudar al hijo en los estudios, el parado con siete hijos, el enfermo que
no podía trabajar, etc. Se sentaban a esperar en el recibidor como todo
el mundo y él los atendía cuando les llegaba el turno con el mismo
respeto, o quizás con más, que si fueran clientes. Mi madre decía
“Como sigamos así un día de estos voy a ser yo la que tendrá que
salir a pedir.” Durante
muchos años -yo ya iba a la Universidad cuando nos mudamos a la Alameda-
vivíamos bajo el mismo techo que la oficina, en un piso grande en la
calle Moratin. Los límites entre la casa y la oficina se cruzaban
constantemente, en ambas direcciones, por todo el que pasaba por allí:
clientes, niños, secretarias, delineantes, muchachas de servicio,
profesores particulares, la manicura, la peluquera... El tráfico en
aquella casa era intenso. Me costó bastante tiempo darme cuenta que no
todo el mundo vivía en condiciones tan preindustriales. Las casas de
nuestras amigas eran, con excepción de la de los Peris que era todavía más
caótica, mucho más aburridas. La
arquitectura absorbe completamente la existencia de los que viven
alrededor de ella. No hay en realidad escapatoria. O uno se mete
completamente o se lo pierde todo. No solo teníamos la arquitectura
literalmente metida dentro de casa, ocupando todos los intersticios de
nuestra vida privada, sino que también salíamos nosotros a buscarla. Los
domingos, como diversión, ibamos todos de visita de obras a las casas que
se estaban construyendo en las afueras de Valencia. La casa Borraute en
Campo Olivar, la casa Ferris en Canals, las de los Martínez Medina en Náquera.
Era divertido, casi como ir de excursión. A él le importaba mucho lo que
opinaba mi madre. Ella fue siempre su gran colaboradora y apoyo. Se
interesaba por todos sus proyectos y él consultaba con ella desde los
primeros dibujos. No era solo por amabilidad. Ella sabía. Después de
tantos años veía enseguida si algo iba a funcionar o no. De alguna
manera intervenía en todos sus proyectos. Entre
semana, cuando eran vacaciones, nos avisaba cada vez que iba a una visita
de obras fuera de Valencia. Salía del estudio y entraba en casa
recorriendo el largo pasillo al que se abrían todas las puertas de las
habitaciones y decía, “Me voy a Onteniente (o a Gavarda o a Canals o a
donde fuera). ¿Quién se viene?” Era siempre yo la que iba. Cristina se
mareaba en coche, y los demás eran demasiado pequeños o no les
interesaba. Debió ser por eso que acabaron diciendo todos que yo iba a
ser arquitecto. Por supuesto que yo no lo hacía por eso. Lo hacía por el
placer de ir en coche, por los pasteles de la señora del encargado que
nos invitaba siempre a su casa después de la visita de obras, por los
panquemados que comprábamos para traerlos en Alberique.... Íbamos a menos
de 50 Km. de Valencia y parecía que nos habíamos ido de viaje. Fue
en una de estas visitas de obra donde finalmente entendí lo que era la
arquitectura, o mejor dicho, lo que no era. Un día, al llegar a una obra
ya casi terminada (creo que era el Instituto de Hijas del Corazón de María
en la carretera de Madrid), había otra niña allí. Nos pusimos a jugar
juntas y de repente me dice “mi padre está haciendo este edificio”.
Yo dije que no, que era el mío el que lo estaba haciendo. Había oído la
expresión un montón de veces sin preguntarme por su significado. Y ella
respondió, “¿cómo puede estar haciéndolo si no está aquí casi
nunca?” Tuve que admitir que no estaba claro. Volviendo, en el coche, mi
padre dijo que la niña tenía toda la razón. “Pero entonces ¿por qué
dices que estás haciendo ese edificio?” le pregunté. Y él dijo: “Lo
hacemos juntos. El arquitecto en realidad solo hace los dibujos.” Por
primera vez entendí que la arquitectura era un tipo de colaboración
complicadísima entre el arquitecto, el aparejador, el constructor, los
albañiles, los delineantes, los clientes y las familias de todos ellos. En
retrospectiva, la vida en esos años era casi surrealista. Cada vez que
vuelvo la mirada a su recuerdo me parece estar viendo una película de García
Berlanga. (Y en realidad no estábamos tan lejos. Sus sobrinas vivían
al lado y esperábamos juntas el autobús del colegio). Los porteros de la
casa, que habían emigrado recientemente de Extremadura, y eran de una
pobreza extrema, habían conseguido reproducir en el terrado una situación
similar. Tenían montado un tinglado con gallinas, conejos, patos y todo
tipo de plantaciones de hortalizas y verduras con los que se alimentaban.
Hasta la bañera la tenían plantada. Cuando nos aburríamos de dar la
lata en el despacho, o nos echaban, subíamos allí a pasar el rato. Por
Navidad, la portera acuchillaba al pavo vivo que, para horror de mi madre,
nos había regalado algún contratista, y que mientras tanto corría como
un loco por el pasillo. El portero tenia una garita en la entrada del
edificio donde, de vez en cuando, colgaba un cartel que decía con muy
mala letra: “ESTOI EN LOS TOROS. COLOMINA ES EN EL 5 Y INVALESA EN EL
3”.Un día un cliente al pasar le preguntó, mas bien por cortesía,
“Colomina es en el 5, verdad?” Y el portero respondió: “Zi zeñó.
Ahí tiene usté al matador y a los cuatro subalternos.” "Los
cuatro subalternos” debían ser entonces los delineantes Salvador y
Jaime, el aparejador Luis Peris, y la secretaria Amparito. Menos Amparito,
que acabó haciéndose Carmelita Descalza, los demás tenían una filosofía
de la vida y un humor que no podían ser más diferentes de los de mi
padre. (Es posible que él los escogiera precisamente por esa razón).
Desde luego que esto, junto con el agudo sentido del humor de mi madre,
ayudaba mucho a poner las cosas en perspectiva. Le tomaban el pelo
constantemente -dentro de un respeto, por supuesto-, sobre todo a costa de
la religiosidad o cada vez que llegaba alguien a pedir. Y él se dejaba
porque en el fondo tenía muy buen talante o quizás porque ya estaba
acostumbrado a ir contracorriente. Cuando fui a estudiar a Barcelona,
Manuel Ribas Piera, Catedrático de Urbanismo, me dijo que había
coincidido con él en algún sitio durante ese servicio militar forzado,
de tres años, que les tocó pasar a los que estaban durante la guerra en
zona roja. Un día tenían que acompañar el brazo incorrupto de Santa
Teresa en algún traslado, y como es natural, la mayoría de los soldados
estaban haciendo bromas acerca del brazo. El único que se lo tomaba en
serio era él, que -según Ribas Piera- se acabó peleando con gran valentía
con un tipo muy fuerte. No había oído nunca esa historia, pero no me
costaba mucho imaginármela. No era violento. Si se hubieran metido con él,
seguramente se habría encogido de hombros. Pero con Santa Teresa ¡eso de
ninguna manera! (Me fastidió enterarme que había alguien en Barcelona
que sabía de donde venía. Y yo que me creía ya en el más absoluto
anonimato.) Su
madre murió cuando él tenia diecisiete años, así que para cuando fue a
estudiar arquitectura a Madrid, era ya huérfano de padre y madre y todo
lo que le quedaba en el mundo eran cuatro de sus hermanos: Jesús, Juan,
Luis y Manuel, que estudiaban en Valencia. En Madrid vivía su tía
Paquita Barberá, hermana de su madre y madre de Fernando Moreno Barberá.
Quizás por recuerdo de su madre, aunque no se le parecía nada, también
adoraba él a su tía Paquita, que fué su madrina de boda. Era una señora
muy elegante y muy vital que cuando se sintió morir le hizo llamar a su
lado y le dijo: “Me muero hijo mío, y no tengo ningunas ganas.” Una
frase de la que él se acordaría toda la vida. En
Madrid, según nos decía, vivía de una manera muy frugal en un hotelito
a pensión completa, estudiando como un loco y rezándole mucho a Dios
para que le ayudara. La carrera en esos años era sin ninguna duda muy
dura, con un tipo de enseñanza Beaux Arts de los que, como han demostrado
estudios recientes, era capaz de matar a cualquiera. Ha quedado algún
documento de su trabajo en esos años. Lo del hotelito modesto quizás
habría que ponerlo en la perspectiva del tipo de vida a la que él estaba
acostumbrado. Juan Luis Piñón fue, por curiosidad, a ver el hotel en
cuestión cuando era novio de Cristina y volvió diciendo que era un hotel
mas bien de lujo. Sea lo que fuera, el recordaba sus diez años de
estudios en Madrid, (entonces se tardaba todo eso en hacer la carrera),
como una de las muchas pruebas que nos manda la vida y que la fuerza de
voluntad nos hacía superar. Fue
en Madrid, y en ese mismo hotel donde por primera vez le asediaron los del
Opus Dei, que debieron ver, sin que hiciera falta mucho ojo, que allí había
madera. Se jactó toda la vida de que les había dicho que no. Y como los
asedios se repitieron a menudo a lo largo de su vida -era un blanco tan
claro- él volvía una y otra vez al recuerdo de ese rechazo inicial y se
afirmaba en él. Después de todo, él era un individualista a ultranza.
No le gustaba la idea de que lo suyo, su manera de ser peculiar, sus
excentricidades, pudiera ser norma general. Si él iba a misa todos los días,
o ayudaba a los pobres, no era porque fuera obligación, sino porque él
lo decidía así cada mañana. Solo al final de su vida, cuando ya se sentía
morir, sucumbió a las presiones y en el último momento se hizo, por lo
que he oído, del Opus Dei. Quien sabe lo que uno puede llegar a sentir en
tales circunstancias. Prefiero
también acordarme de que a pesar de ser una persona completamente
conservadora e incluso reaccionaria desde un punto de vista político -yo
desde la adolescencia ya no podía tener una conversación con el sin que
nos peleáramos-, lo era de
un modo totalmente suyo. Por ejemplo, siendo director de la Escuela en los
años de más intensas luchas políticas, se le plantó la policía en la
oficina de la Escuela unos días después de su nombramiento para pedir
informes y direcciones de estudiantes de los que sospechaban. Se
enorgullecía de haberlos sacado de allí a cajas destempladas -la expresión
era muy suya-. Les había dicho que mientras estuviera él en el cargo que
no se les ocurriera pisar por la Escuela. Algunas tardes iba a visitar a
los estudiantes en la cárcel y trataba de sacarlos de allí abogando por
ellos en la policía en nombre de la arquitectura. (Deberían pensar que
estaba loco). Por aquel entonces yo veía todo esto como sus
contradicciones. Con el tiempo me di cuenta de lo mucho que para él
representaba la Escuela y el gran cariño que tenía hacia sus alumnos.
Creo que la enseñanza fue para él una experiencia muy positiva. Encontró
en ella una forma de relacionarse con los demás -él que había sido toda
la vida tan poco sociable- precisamente porque había algo en común: la
arquitectura. También
era curioso que una persona tan conservadora como él, y en la España de
Franco, pensara con toda sinceridad que las mujeres debían ir a la
Universidad y ejercer una profesión como los hombres. ¿De donde se habría
sacado esas ideas? Desde muy niñas nos lo decía. Por supuesto que todo
lo demás: el colegio, la Iglesia, las amigas, otros familiares...
contradecía esa visión de las cosas. Las tías nos decían: “¡Qué
cosas más raras se le ocurren a tu padre! No hagáis caso, que no os
casareis”. Como siempre, nos quedaba la duda de sí tuviese razón él o
el resto del mundo. En ese sentido, se anticipaba a su época. Pensaba
incluso que la arquitectura era una profesión muy apropiada para una
mujer y predecía que pronto habría tantas arquitectas como arquitectos.
Estábamos a principios de los años 60. Era
un moderno, siempre mirando hacia el futuro, siempre fascinado por las últimas
tecnologías de transporte, de comunicación, de materiales de construcción,...
En este sentido era un arquitecto moderno hasta la médula. Creo que este
interés por todo lo nuevo, lo que está a punto de salir, era
parte de su atracción por la enseñanza, de su dedicación a los
alumnos y de la devoción de ellos hacia él. No se quedó nunca anclado
en el pasado. Observaba con gran atención e interés todas las novedades
en la arquitectura. Se suscribía ya desde los años 1950 a muchísimas
revistas. El único movimiento que no le interesó nunca fue el
postmodernismo, precisamente porque miraba hacia atrás. Cuando vino a
Nueva York en el año 1983 me dijo, casi perplejo, delante del ATT:
“esto del postmodernismo yo no le entiendo”. Se emocionó, en cambio,
enfrente del edificio Seagram en Park Avenue y en los museos de Louis Kahn
en New Haven. Pero lo que más le interesaba era lo que se hacía hoy,
como se construía en América. En Washington, estaba tan entusiasmado por
la ampliación de I.M.Pei de la National Gallery, por la precisión de los
acabados, que casi daba saltos de alegría. Vivía
por la arquitectura. De pequeña me decía “la gente se muere cuando
deja de trabajar, cuando se retiran, y una de las cosas buenas de la
arquitectura es que no hay por qué retirarse, se puede seguir trabajando
toda la vida”. Y me soltaba toda una retahíla de arquitectos que habían
permanecido activos hasta muy mayores: Frank Lloyd Wright, Le Corbusier,
Louis Kahn, ... Por supuesto que esta es una ventaja que solo ahora
empiezo a vislumbrar. Era
muy hipocondríaco. Con el tiempo me he dado cuenta de que la hipocondría
se da mucho entre arquitectos. (Piensen en John Hejduk, por ejemplo, una
figura que no puede separar su arquitectura, y la enseñanza, de los
desajustes de su propio cuerpo. Mantiene un modelo anatómico con órganos
de quita y pon en su oficina de Cooper Union donde registra todo lo que le
va pasando). Desde que yo lo recuerdo, él ya pensaba que tenía todo tipo
de enfermedades y que moriría pronto. Durante muchos años, él tenía
solo treinta y pico, comía solo arroz blanco sin nada, y se iba quedando
cada vez más delgado y más amarillo. Mi madre le decía, “pareces un
chino”. Ella siempre había dicho que los hipocondríacos no se mueren
nunca porque están tan atentos a todo lo que les pasa, se preocupan
tanto, que acaban previniendo todo tipo de males. Recientemente oí a Mark
Cousins, un psicoanalista que da clases de teoría de la arquitectura en
la AA de Londres, algo muy parecido. (¿No decíamos que la hipocondría
tiene que ver con la arquitectura?) Los hipocondríacos, decía Cousins,
no tienen miedo a morirse, como se piensa a menudo. Al contrario, ellos
piensan que lo tienen todo bajo control y que en, ese sentido, son
invencibles. Pero esta creencia es la que puede llegar a matarlos. Sus
obsesiones pueden llegar a ser un peligro en sí mismas. Nunca
entendimos lo que le pasaba. Puede ser, como sostenía mi madre, que todo
fuera el resultado de una dieta infernal que un médico de Valencia -más
exagerado que él mismo- le había recetado. Ella le decía, “No has
parado hasta que has encontrado a un médico más maniático que tu
mismo”. Estuvo tan mal que hasta tuvo que dejar de trabajar un tiempo
-algo insólito para él, que ni siquiera toleraba demasiado bien las
vacaciones. Su hermano gemelo, Manuel, vino de Madrid a verle y de paso se
dio una vuelta por Valencia para ver las obras de su hermano. Al llegar a
un pié de obra se le acercó un hombre gritando muy agitado: “Caramba,
don Miguel, como se ha recuperado usted. Casi no le reconozco. Parece
usted otro.” Manuel respondió secamente “Es que yo soy otro.” En
cuanto dejó el arroz blanco, se recuperó. La
preocupación por las enfermedades la extendía a sus hijos. Recuerdo que
un día, mientras veraneábamos en Godella, debía tener yo unos seis años,
me explicó con todo detalle que si me caía en la calle y me hacía
sangre tenía que decirlo en seguida, porque como por ahí pasaban muchos
caballos, había peligro de coger el Tétanos. Si a uno no le vacunaban a
las 24 horas de la herida, se moría. Unos meses mas tarde se fueron de
viaje y yo me quedé en casa de los Peris en Godella. Un día, jugando en
la calle me caí y me hice una herida en la rodilla de nada. Mientras me
curaban, le dije a Luis Peris lo de la vacuna y él dijo que no hacía
falta. Y como yo insistía tanto y daba todo tipo de detalles sobre lo que
podía pasar, él explotó en carcajadas. Luego le oía como decía a su
mujer, “Fíjate si será Miguel exagerado, lo que le ha metido en la
cabeza a la niña” y se echaba a reír otra vez. Naturalmente yo estaba
segura de que me iba a morir. Y como no podía hacer nada, esperé
tranquilamente que me llegara el momento. Llegué incluso a pensar que tenía
suerte porque siendo una niña iría directamente al cielo, sin pasar por
esos horrores del purgatorio de los que nos hablaban entonces en el
colegio para prepararnos a la Primera Comunión. Además dos primas
hermanas nuestras habían
muerto de niñas, una hacía poco, así es que morirse me parecía normal.
Para cuando pasaron las 24 horas estaba casi desilusionada. ¡Y yo que
podría ya estar en el cielo y ser un ángel como las primas!. Me
costó bastante tiempo separar lo que eran sus excentricidades, sus
peculiaridades, de lo que es la arquitectura. Al principio yo creía que
era todo lo mismo. Y es que hasta cierto punto la arquitectura es una
profesión de excéntricos. No me refiero a los que simplemente
construyen, sino a los que ven en la arquitectura una misión. Los que
sacrifican a ella el verano y las vacaciones sin que parezca siquiera que
les importe demasiado, los que trabajan sin fin, ida, noche y fines de
semana, sin que haya, a primera vista, ningún tipo de retribución que lo
justifique. Dedican su vida a algo que para ellos, y otros pocos, es
importantísimo pero, para los demás, es difícil de entender. En ese
sentido la arquitectura está cerca de la religión. El arquitecto es en
cierto sentido un monje. Como
práctica, la arquitectura está mas cerca del circo que de otras
actividades productivas de la sociedad. Para hacer algo bien en
arquitectura hoy casi hay que arriesgar el cuello. Lo captó muy bien Le
Corbusier, que también era muy místico, cuando muy cerca ya de la muerte
escribió en su ultimo libro (“La Creación es una búsqueda
paciente”), muy cerca de una fotografía de él con un monje amigo suyo,
un poema llamado “El Acróbata”: Un
acróbata no es una marioneta. Supimos
que se moría cuando, la tarde anterior, se acordó de cómo de pequeño
había ido al colegio en coche de caballos. Sus hermanos, Manuel y Juan,
también se acordaban y entre los tres dibujaron de repente la historia de
una Valencia que sólo ellos habían conocido. En seguida se animaron. ¡Jesús
qué amor por Valencia tenía esa gente! Era casi incomprensible. Cuando
queríamos fastidiarle le decíamos, “pues no es que Valencia te haya
tratado tan bien.” Y él siempre decía que sí, que le había tratado
bien, que él no tenía de qué quejarse. Por el gran ventanal de su
habitación en la Alameda se veía la vista magnífica de la ciudad al
atardecer, con un cielo rojo, de esos de los que se suele decir que traerán
viento. Hasta yo empezaba a pensar que Valencia -como dijo Le Corbusier
cuando la vio por primera vez en 1931- es bonita. (“Elle est d’un
splendeur étonnante”). Beatriz
Colomina Reseña
biográfica Nacido
en valencia el 31 de enero de 1915, cursó los estudios de Arquitectura en
Madrid titulándose en 1944 y en esa misma ciudad inicia su andadura
profesional hasta que en 1955 se traslada a Valencia. Obtiene el titulo de
Doctor en 1967. Vinculado a la enseñanza de proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura desde 1968, obtuvo la Cátedra de Proyectos en 1977 y tras su jubilación fue nombrado Profesor Emérito. Director de la Escuela en el periodo 1973 - 1977. Fue
Consejero Provincial de Bellas Artes desde 1980 hasta 1983. En
1991 obtiene el Premio Extraordinario a la Trayectoria Profesional del
Colegio Oficial de Arquitectos de la Comunidad Valenciana. Miguel
Colomina Barberá como arquitecto admiraba la obra de Coderch, Gutierrez
Soto, Kahn, Le Corbusier y Wright. Desde sus inicios profesionales,
durante la postguerra, participó de las ideas del Movimiento Moderno,
cuya asimilación se observa a través de su especial dedicación al
estudio funcional de las plantas, junto a correctas soluciones de imagen,
cuidando factores de orientación y siempre apoyándose en decisiones
constructivas acertadas que fueron gestando una figura profesional de
indiscutible oficio. De
su primera etapa en Valencia destacan: una sede bancaria en la Plaza del
Ayuntamiento con fachada a la calle Moratín (1955, en colaboración con
Eugenio Aguinaga) y una sede bancaria en la calle Ruzafa. Posteriormente
realiza los edificios de viviendas en la Avenida Barón de Cárcer (1957)
y el Paseo de la Alameda (1962). Este último tras los Apartamentos de Jávea
(1961). Se
puede considerar como culminación de esta etapa la obra -fruto de un
concurso (1962) restringido del MOPU- de la Confederación Hidrográfica
del Júcar siendo reconocida en sus méritos por la organización DOCOMOMO
que la selecciona para su publicación (1996) “Arquitectura del
Movimiento Moderno, Registro Docomomo Ibérico. 1925 - 1965”. Igualmente
forma parte del conjunto de 20 obras modernas de la Comunidad Valenciana
integrantes del catálogo y exposición itinerante “20 x 20”,
producida por la Conselleria de Obras Públicas Urbanismo y Transportes y
por el Colegio Oficial de Arquitectos de la Comunidad Valenciana. En
general, la obra de Miguel Colomina parte de la coherencia interna del
proyecto y respeto al entorno, según se aprecia, a modo de representación,
en la vivienda unifamiliar en Jávea (1963) para Juan Colomina y en los
edificios de viviendas de Valencia en la calle Cirilo Amorós (1966), que
fue Premio de Arquitectura del COACV (1973), y en la calle Doctor Albiñana. Durante
su dilatado período docente en la Escuela
se produce un mayor compromiso con la arquitectura, cuando el
ejercicio profesional se nutre de reflexiones y lecturas, necesarias para
las tareas de magisterio que, a su vez y recíprocamente, reflejan la
experiencia acumulada con las obras. Destacan: la reforma para el
Instituto Luis Vives (1975), los Aularios Universitarios en la calle Menéndez
y Pelayo (1985, en colaboración con A. Escario, I. Bosch y L. Carratalá)
y la Biblioteca Universitaria del Campus de Burjasot (1988, en colaboración
con A. Escario, I. Bosch, F. Candel y L. Carratalá). En
la faceta urbanística hay que mencionar la Propuesta de Ordenación del
Paseo Marítimo de Valencia (1989, en colaboración con J. L. Piñón). El
edificio de oficinas y cocheras de la E.M.T. es el último proyecto (en
colaboración con L. Carratalá y J. L. Piñón) realizado antes de su
fallecimiento en 1994. Actualmente
se ésta preparando una exposición monográfica sobre la obra de Miguel
Colomina Barberá que pretende divulgar sus aportaciones y que supone un
reconocimiento explícito de su honesta trayectoria profesional. |
1. Sede Bancaria en c/ Ruzafa.
Valencia
1. Propuesta de ordenación del
Paseo Marítimo de Valencia |