Los grutescos en la arquitectura española del Proto-Renacimiento
(Tesis doctoral)
PREMIO
M. Fernández Gómez
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AUTOR:
Margarita Fernández Gómez Reflexiones
sobre la tesis doctoral Los grutescos en la arquitectura española del
proto-renacimiento. Diez años después En
ocasiones, cuando uno empieza una investigación, el único elemento firme
con el que cuenta es la atracción que pueda sentir hacia la época o
momento histórico en que se sitúa el tema que va a desarrollar. Quiero
decir con ello que el primer paso, la elección del tema, se da con
frecuencia sin saber hacia donde conducirá, pero a sabiendas de que
exista una inconfesable, no por escabrosa sino por indefinida, atracción
por un período histórico concreto. Este
fue mi caso. Frente a alternativas que me sumergían en otras épocas opté
por la que me iba a permitir ahondar en el Renacimiento. Me interesaba
esta etapa de la historia, cuya trascendencia no necesita explicación. Y
me atraía, sobre todo, su primera etapa, aquella que me permitiría
conocer cuáles fueron los mecanismos formales que hicieron posible el
gran cambio que supuso pasar de la Edad Media a la Edad Moderna. Uno
de los motivos por los que se producen los grandes saltos en la historia,
y entendemos que la arquitectura se ve afectada así mismo, es el cambio
de mentalidad, la necesidad de ver el mundo con ojos diferentes, y este
deseo se manifiesta en la adopción de criterios estéticos nuevos. Veamos
un ejemplo próximo. ¿Acaso no es esta la situación de las vanguardias
del siglo XX?: crisis, revisión, contestación de planteamientos
establecidos, descontento con el inmovilismo, exigencia de creatividad
acorde a la nueva sociedad. Pues bien, la misma inquietud por buscar un
vocabulario formal adecuado a estas aspiraciones en los umbrales del siglo
XX, se dio en el Renacimiento. Pero
esta semejanza de actitudes se da también en la forma de desplegarse,
afianzarse, y difundirse. Se da, asimismo, en la diversificación de
enfoques y tendencias. Las vanguardias de nuestro siglo no fueron automáticamente
aceptadas. El nuevo lenguaje no sólo tenía implicaciones formales, sino
que comportaba una toma de conciencia social, política y económica. Su
difusión fue lenta. Los apóstoles de la vanguardia tuvieron un número
de seguidores muy restringido. Con el tiempo, su círculo se fue
ampliando. Y hoy no nos sorprende encontrar a Mondrian como fondo de un
anuncio publicitario, ni esperar sentados en un sillón de Breuer en la
antesala de una oficina. Su forma sigue siendo garante de modernidad,
aunque su esencia se haya diluido. El
interés que tenía el estudio de los grutescos era que estos elementos
ornamentales fueron un recurso formal con que la arquitectura española
garantizaba la vinculación al nuevo estilo, antes incluso de plantearse
cambios tipológicos o búsquedas espaciales propias del humanismo. Y dado
que yo limité su estudio a los primeros años, es decir aquellos en que
su forma era respuesta de su esencia, no llegué a encontrarme con los
casos en que su esencia había desaparecido, dejando únicamente una vana
envoltura. Esa utilización epidérmica de los grutescos no se da en los
inicios, porque aunque los artistas no supieran muy bien lo que estaban
labrando en piedra, sí sabía que estaban haciendo algo “a lo
antiguo”, algo que les diferenciaba de la manera “moderna” que es
como, despectivamente, consideraban lo medieval. Etapas
del Renacimiento en Italia El
Renacimiento en España se introduce en las últimas décadas del siglo XV
mientras que en Italia, las preocupaciones humanísticas en las que
fraguará el Renacimiento toman cuerpo en las primeras décadas del mismo
siglo. La primera pregunta a hacerse es ¿Cómo se desarrolla el
Renacimiento en Italia?, ya que ésta nos ayudará a conocer cual era la
situación del Renacimiento en Italia cuando en España se acusaron los
primeros ecos renacentistas. ¿Cómo
explicar, en el Renacimiento, la coexistencia de los grutescos con un
Brunelleschi y un Bramante?. Como bien puntualizó Panofsky, no hubo un sólo
Renacimiento, sino múltiples. Se refería a otros movimientos anteriores
que planteaban una vuelta a la Antigüedad en busca de la recuperación de
los valores del hombre. Pero esta reflexión es perfectamente aplicable a
lo que, sólo desde el siglo pasado quedó bautizado como Renacimiento, ya
que aun dentro del período reconocido con ese nombre es necesario hacer
distinciones sobre sus etapas. Es sabido que el Renacimiento se inicia en
la Toscana bajo el impulso humanista de un núcleo cultural que tuvo su
centro en Florencia. La arquitectura de Brunelleschi fue poco favorable a
incorporar grutescos. Su atención se centró en la recreación de un
lenguaje compositivo, espacial y constructivo, de inspiración clásica.
Alberti, tres décadas después, hizo uso de grutescos, pero como se puede
ver en su Templo Malatestiano en Rimini, son fieles seguidores de los
dictados vitruvianos. El primer teórico de la Arquitectura rechazaba las
representaciones fantásticas, permitiendo sólo los temas naturalistas y
los de inspiración clásica, pero nunca las invenciones y fantasías. Poco
después se inició una descentralización de poderes. Ya el centro neurálgico
no lo ostentaba Florencia, sino que se desplazó a Lombardía, Liguria,
Venecia y Nápoles donde se desarrolló una práctica artística de otro
corte. Las ciudades del Norte de Italia, más familiarizadas con los
trabajos ornamentales en piedra de la época medieval, adoptaron los
grutescos clásicos, y añadieron a su repertorio una temática
extraordinariamente rica. Vino a reforzar esta inclinación el
descubrimiento, en torno a 1480, en Roma, del Palacio de Nerón, la
“Domus Aurea”, desconocido hasta entonces por encontrarse cubierta de
escombros. Su riqueza, su extensión, las innumerables salas con frescos
de animales fantásticos, deslumbraron a los artistas que dibujaron y
difundieron estos motivos. Si los grutescos se introdujeron en el lenguaje
renacentista gracias a su vinculación al mundo clásico, la “Domus
Aurea” les permitía, pese a Vitruvio, enriquecer el repertorio sin
riesgo a infidelidad al mundo clásico. Se desarrolló entonces lo que
podríamos llamar la edad de oro de los grutescos. En
los umbrales del siglo XVI un nuevo núcleo se destacará de forma
pujante: Roma. Con el patrocinio económico español, Bramante levantó en
las afueras de la Ciudad de los Papas, en San Pietro in Montorio, su
manifiesto de la nueva arquitectura. A partir de este momento la atención
se polarizó en Roma y se impuso una actitud purista ante la antigüedad
clásica. Las
relaciones que España mantenía con la Italia de entonces eran muy
estrechas sobre todo con Nápoles, no hay que olvidar el vínculo con la
Casa de Aragón; y con el Norte, Lombardía, por motivos políticos y
comerciales. No es, pues, de extrañar, tanto por la influencia italiana,
como por la idiosincrasia hispana, (con raíces asimismo medievales y
también profunda tradición árabe que le impelía a la profusa
ornamentación), que la arquitectura española adoptara de inmediato las
galas ornamentales de los grutescos. Los
grutescos
Tanto
en Italia, como en España, los artistas utilizaron los grutescos antes,
incluso, de asignarles un nombre. Una búsqueda del vocablo en
Diccionarios, Tratados y documentos desde el siglo XV al XX, (que
constituyó una parte preparatoria del trabajo), nos informa de que un
elemento tan profusa e intencionadamente empleado desde el siglo XV no fue
reconocido oficialmente en España hasta el siglo XVII, cuando en 1616,
Sebastián de Covarrubias, lo define en su “Tesoro de la Lengua
Castellana”, como: “cierto modo de pintura remedando lo tosco de las
grutas y los animalejos que se suelen criar en ellas”. El primer
documento italiano, privado, que mencionó el término “grutesco” fue
el contrato firmado por Pinturrichio en 1502, para las pinturas de la
Biblioteca piccolomini. En España aparecerán así llamados en 1546, en
un documento de tasación firmado por Pedro Machuca en Granada. El
nombre con que quedaron identificados estos motivos, se hizo derivar de
los lugares en los que fueron encontrados los motivos más fantásticos, y
que por su carácter de ruinas parecían “grutas”. Inicialmente los
artistas utilizaron motivos tomados del mundo clásico, tanto en pintura y
escultura, como en arquitectura. Eran familiares a sus ojos, se
encontraban por doquier. Los había del tipo naturalista (palmetas,
rosetas, pajarillos); ritual (bucraneos, ánforas, páteras); militar
(escudos, armaduras, espadas, picas, yelmos, estandartes). Todos ellos
contaban con la aprobación de Vitruvio, lo que significaba la garantía
del buen camino. Yo me inclino a pensar que ya desde el principio los
artistas descubrieron otros grutescos menos naturalistas, que desecharon
por no ser bien vistos por el gran maestro Vitruvio. Pero transcurridos
los años, bien por que la autoridad vitruviana fuera menos sentida, bien
por el anhelo de novedad, o bien por ambas cosas, se empezaron a apreciar
notables cambios: el mundo de la fantasía tomó cuerpo en los grutescos.
La fidelidad al mundo clásico seguía siendo el garante: se había
descubierto un “filón” inestimable en las ruinas de la Domus Aurea, e
insisto, aunque Vitruvio abominara de esas fantasías (de las que por
supuesto era buen conocedor y que por tanto ya existían antes de Nerón),
los artistas vieron en estas numerosas estancias ricamente decoradas y
enterradas, el cumplimiento a sus ansias de cambio, sin tener que
renunciar a su vinculación con la antigüedad. La
introducción del Renacimiento en España
Los
grutescos se presentan en España ya en los primeros edificios que tratan
de responder al nuevo vocabulario formal renacentista. Su introducción en
España tuvo un objetivo sociológico y político. Demostración de
independencia a la vez que de “agiornamento”. El Renacimiento entró
en nuestro país, principalmente, amparado por una de las más nobles
familias castellanas: los Mendoza. Vinculados a la realeza desde el siglo
XIV y con tan nobles antepasados como el Marqués de Santillana, fue su
inductor, en las últimas décadas del siglo XV, el entonces cabeza de
familia, D. Pedro González de Mendoza, Gran Cardenal de España y
principal consejero de los reyes Católicos, que optó por el nuevo estilo
y con él miembros muy destacados de su familia. Resultado de ello serán
las primeras obras estudiadas: Palacio de Cogolludo (Duque de Medinaceli,
sobrino del Cardenal); convento de Mondéjar (conde de Tendilla, otro
sobrino); colegio de Santa Cruz, en Valladolid (fundación del Gran
Cardenal); Palacio de Antonio Mendoza en Guadalajara (sobrino del
Cardenal); Palacio de La Calahorra (Rodrigo de Mendoza, marqués de Zenete,
hijo del Cardenal). A esta relación habría que añadir los sepulcros de
los dos insignes Cardenales de la familia: el del mismo Pedro González de
Mendoza, en la catedral de Toledo y el de su sobrino Diego Hurtado de
Mendoza, en la catedral de Sevilla. Todos ellos siguiendo las indicaciones
del nuevo estilo, o mejor dicho del estilo “antiguo” como gustaban
puntualizar en la época para diferenciarlo del estilo “moderno” que
no era otro que el gótico. Y
mientras, Isabel, seguía construyendo en clave gótica. Vista así, la
actitud del Cardenal y de su familia, al adoptar un estilo diferente al
oficial, al regio, se nos presenta como un rasgo de independencia
insolente, ya que proclamaba a voces un deseo de cambio, (quién sabe si
también político), adoptando formas nuevas, que, por otra parte, no eran
de tan genuina creación hispana, como las obras isabelinas. Y esto en un
contexto en el que el objetivo rector era la unidad en todos los ámbitos
y la afirmación del poder hispano. Los
Mendoza apuestan por la nueva corriente artística. Sus enlaces fueron más
estrechos con los núcleos del Norte de Italia, de antiguo ligados a las
prácticas ornamentales. También de las nuevas pautas adoptaron los órdenes
clásicos, los grutescos y algunos aspectos tipológicos. Respecto a la
recreación de nuevos espacios, los cambios fueron más pausados. Hay
que señalar que los artistas que trabajaron para estos mecenas en los
primeros tiempos, entre la última década del siglo XV y la primera del
XVI, fueron más hábiles como creadores de grutescos que como cumplidores
de los cánones clásicos. La interpretación de la ortodoxia clásica,
confusamente explicada en los tratados, también era objeto de múltiples
interpretaciones en Italia. Nuestros artistas, no siempre conocedores
directos de cuanto allí se hacía, tuvieron que acudir a sus propios
recursos y dejaron buena prueba de su capacidad creadora en el diseño de
capiteles y en la elaboración de grutescos. Los
límites del trabajo
Que
el trabajo debía empezar con los primeros brotes arquitectónicos del
nuevo estilo, es evidente. Pero ¿dónde acabar?. Dado que los primeros
ejemplos tienen una dispersión geográfica grande, y que pudieron
influir, cada una de ellas, en su entorno próximo, me interesó hacer
algunas catas. De ahí que prosiguiera el estudio hasta la segunda década
del siglo XVI, en obras no ya directamente relacionadas con los Mendoza,
pero sí influidas por las que ellos habían impulsado. Esto
me llevó a indagar en Sigüenza, Toledo, Granada, Guadalajara, Burgos y
Salamanca. Con ello, entre otros logros, pude detenerme en el análisis de
algo que considero de mayor interés, para la comprensión de la labor de
un arquitecto, ya que estudié los primeros pasos de los que luego serían
dos de las más grandes figuras del renacimiento. Me refiero al Siloe de
la Escalera Dorada y al Covarrubias del Convento de la Piedad de
Guadalajara. Con
todo, el seguimiento más fructífero, fue el del trabajo de un
artista-arquitecto, Lorenzo Vázquez, figura poco conocida del primer
renacimiento español que considero justo reivindicar. Le encontré en
Cogolludo, le seguí en Mondéjar; valoré su avance en el Colegio de la
Santa Cruz de Valladolid, donde demostró dominar las trazas compositivas
renacentistas y me rendía ante su ingenio arquitectónico y espacial en
su participación en el palacio de La Calahorra. Dificultad
de estudio de los grutescos
La
dificultad mayor y a la vez
la faceta más atractiva del trabajo era la de abordar un tema
inexplorado. Nunca se había hecho un estudio sistemático de los
grutescos. Su interés, como voz que anuncia el nuevo estilo era
innegable. Pero tenía serias exigencias documentales, porque era una época
apenas estudiada, y gráficas, porque el repertorio formal estaba por
hacer. No era suficiente un repertorio fotográfico; quizá la fotogrametría
hubiera sido de gran ayuda. Pero, insisto, como paso previo, los motivos
ornamentales tenían que ser dibujados manualmente. La necesaria, en este
caso, elaboración manual previa al trabajo no debe tomarse como una
deformación profesional de arquitecto, al contrario, hay que considerarlo
como un valor añadido, puesto que esta faceta, no habitual en los
historiadores, demostró ser inestimable documento. Había que seguir
pacientemente el desarrollo de una voluta, el quiebro de una rama, la
posición de un pájaro o la aparición, entre el follaje, de un grifo. Sólo
de esa manera, creo, se podía estar en condiciones de apreciar un cambio,
de valorar una evolución, de detectar un estilo. Es
este período en que los datos documentales en los que el historiador
consolida sus hipótesis, son escasos, yo he buscado ese dato clarificador
en la morfología dibujada de los elementos arquitectónicos, he
convertido la arquitectura en un documento, y en su análisis, documental,
sí, pero también formal basado en las composiciones de los grutescos, en
el diseño de fachadas en que esos grutescos se insertaban, en las
semejanzas de motivos empleados, en la identificación de un criterio
compositivo, en la evolución que se apreciaba en un mismo maestro, y en
los continuos retos con que un artista enriquecía sus composiciones, creo
haberme acercado al proceso creativo de nuestros arquitectos del temprano
Renacimiento. Evolución
de los grutescos en España
Los
grutescos se incorporan a la arquitectura española siguiendo la corriente
del Norte de Italia. Era la evidencia del nuevo estilo. Pero es
significativo que cuando esto ocurre, se sigan las pautas que medio siglo
antes habían regido el uso de grutescos en la península vecina. Las
primeras muestras son naturalistas, utilizan recursos vegetales, molduras
clásicas, ovas, cuentas, dardos, y motivos bélicos, y apenas hay rasgos
fantásticos, pese a que por estas mismas fechas ya se conocía el onírico
mundo de la Domus Aurea. Cuando,
entrado ya el siglo XVI, se construye el Palacio de La Calahorra, llegaron
de lleno los grutescos monstruosos. Pero, todo hay que decirlo, no fueron
hechos por españoles, sino por italianos, ya que fueron encargados a Génova. El
empleo de ornamentos esculpidos en piedra, vinculados a elementos
estructurales, era conocida de antiguo, pero con una notable diferencia:
en la Edad Media los bajorrelieves esculpidos tenían un carácter didáctico,
adoctrinaban sobre los efectos del bien o del mal, de la virtud o el
pecado. Eran el libro de los iletrados. El Renacimiento trueca este
sentido didáctico. No se trata de ilustrar sino de reafirmar el valor de
la Antigüedad, imprimiéndole un sesgo cristiano. Ahora bien, una
utilización adecuada de la mitología, implicaba un conocimiento profundo
de la cultura clásica, y ello, un dominio del latín y griego, lo cual
restringía el círculo de los adeptos. Este
pequeño núcleo de elegidos, poseedores de una exquisita cultura, gustaba
de elaborar complejos programas iconográficos. Pico della Mirandola, uno
de los más destacados humanistas, fue defensor del hermetismo. Y herméticos
fueron también algunos de los mensajes labrados en piedra con grutescos.
El aspecto positivo de esta actitud elitista, está en que nos permite
calibrar, cuando encontramos un rico mensaje iconográfico, el nivel
cultural del comitente, ya que por lo general eran los mecenas quienes
proponían el asunto. Ejemplo
de ello nos lo ofrece el Palacio de La Calahorra, mandado construir por el
Marqués de la Zenete. El austero, sobrio y defensivo aspecto externo del
edificio nos permite suponer el despliegue de galas renacentistas que
oculta su interior. Son muchas las puertas enmarcadas por grutescos que se
abren al hermosísimo patio en sus dos plantas. De ellas, y por el
simbolismo que encierran, nos detendremos especialmente en tres. La
puerta del Salón de los Marqueses, en la planta alta de este magnífico
palacio, queda enmarcada por cuatro nichos, dos a cada lado, con
esculturas que, siguiendo una lectura de izquierda a derecha y de arriba
abajo, representan a Hércules y a Démeter; La Fortuna y Apolo. Se
completa con el friso, cuyo paño central es una composición de dioses
marinos, nereidas y tritones; el paño izquierdo alude al triunfo de
Dionisos; y el derecho a Aquiles sobre el centauro Quirón. Una lectura
iconológica del conjunto, nos informa sobre la preocupación por el Más
Allá y la ayuda para acceder a la Isla de los Bienaventurados, cuya
traducción cristiana es el Paraíso. Los
que sólo ven en los grutescos manifestaciones ornamentales carentes de
contenido, deberían contemplar atentamente esa puerta. Es cierto que son
las esculturas de los nichos las que sobrellevan la carga simbólica más
evidente. Pero también los grutescos ayudan a reforzarla. Ahí están los
situados en los tres paños del friso y, también, aunque de menor
relevancia, los situados en el frente de los pedestales, alusivos al mundo
subterráneo que el alma debe superar. Las
otras dos puertas del palacio mencionadas son las dos puertas-balcón
situadas en la planta baja, en la panda de la escalera. Tienen una
composición formada por columnas abalaustradas que descansan sobre
pedestales en ménsula; el mensaje simbólico será expuesto
fundamentalmente por los bajorrelieves de los pedestales. En la puerta de
la izquierda una Victoria y Afrodita, a izquierda y derecha
respectivamente. Esto unido a las “rondas” de figuras danzantes,
desnudas, nos transmiten una alegoría del amor sagrado, que se
complementará en la puerta gemela con otra referente al amor profano al
representar a Apolo y a Démeter, y una “ronda” de danzantes vestidos.
Representación del amor, profano y sagrado, que tan bien se ajusta con
los pormenores del segundo matrimonio del marqués de Zenete. Otras
aportaciones de los grutescos
Los
grutescos no fueron siempre empleados de forma programática. Cierto. Pero
demostraron que podían ser algo más que ornamento. Aun cuando no fueron
tan complejos, aun cuando se limitaron a ser meros bajorrelieves en
pilastras, frisos, pedestales y jambas eran y son documentos en piedra que
informan acerca de los responsables de su traza. De su estudio no siempre
se obtienen resultados espectaculares. Pero tampoco hay que minimizar su
contribución al esclarecimiento de aspectos históricos. Para
reafirmar esta línea, veamos unos ejemplos. Uno en Toledo, otra en
Salamanca. En
el sepulcro de Gran Cardenal, en la catedral de Toledo, se emplearon
motivos idénticos a los que aparecen en una puerta del palacio de La
Calahorra. Ya se ha dicho que este palacio fue mandado hacer por el marqués
de Zenete, hijo del Gran Cardenal. Se desconoce documentalmente quién
pudo ser el autor del sepulcro, pero dado que piezas semejantes a las del
sepulcro figuran en la relación de piezas que el marqués de Zenete
encargó a Génova para su palacio, dado que una puerta del palacio, la única
que es de mármol igual que el sepulcro (las demás del palacio son de
piedras areniscas), es lícito suponer que esta indocumentada obra haya
sido por fin identificada gracias a sus grutescos, como encargada también
a Génova y labrada por los mismos artífices que trabajaron para el
palacio de La Calahorra. Veamos
el caso de Salamanca, aunque tiene distinto cariz. Allí, en la portada de
la Universidad, magnífico ejemplo de trabajos esculpidos en piedra, es
decir de grutescos nos fijaremos en el primer cuerpo, formado por cuatro
paneles ricamente trabajados. Uno de estos paneles, primero empezando por
la derecha, está trasladado casi literalmente de un grabado de Nicoletto
Rosex da Modena. Este hecho, unido al análisis documental y formal de los
paneles, nos ofrece muchos datos de interés, tanto más cuando se
desconoce cuándo pudo ser hecha esta portada. Nos informa de que el
artista autor del panel conocía el grabado, datado hacia 1510; que éste
pudo serle mostrado por quien encargó el trabajo, (es más probable que
fuera propiedad de la Universidad, que del artista); que se debió hacer
antes de 1524, porque en esa fecha es nombrado rector de la Universidad
salmantina Pérez de Oliva, que impulsó programas más complejos que la
mera traslación de un rico grabado a un panel de fachada; que semejante
estilo vegetal, tan bien trabado e incluso con elementos similares, los
encontramos en la Capilla Real de Granada, de la que es autor Francisco
Florentín; que este artista trabajó en Granada en 1521 y murió en 1522;
y que Gómez Moreno apunta la posibilidad de que esta puerta se hiciera en
un período comprendido entre 1513 y 1525. Sólo
el panel de la derecha está tomado del grabado. Los otros tres,
recreaciones del artista, son trabajos de interpretación y síntesis
impecable y magistral. Pues bien, por los datos mencionados no parece
descabellado adelantar la hipótesis de que el autor de esta grandiosa
portada, sin identificar hasta ahora, fuera Florentín, que trabajara aquí,
posiblemente, antes de trabajar en la Capilla Real, es decir antes de
1520. En
suma, y a modo de resumen. Un trabajo de investigación no siempre se ve
coronado por frutos espectaculares. Debo decir que obtuve algunos, pero
sobre todo me proporcionó entonces y me sigue proporcionando ahora,
grandes satisfacciones. Ahí está, para corroborarlo, el reconocimiento
que supone el Premio Arquitectura 1985. Puse mi empeño en procurar un
repertorio básico, ordenado, documentado y objetivo. Me cabe pensar que
el material que recopilé puede seguir dando frutos. En ello radicará mi
mayor satisfacción. |
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